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Significado de la victoria de Trump
por partido comunista internacional Saturday, Jan. 21, 2017 at 2:39 AM

La victoria electoral del republicano Trump ha sorprendido a gran parte de la inteligentsia americana y europea, que daba por cierta la victoria de Hillary Clinton, tanto por el apoyo que había obtenido no sólo del equipo del presidente saliente Obama sino, también, de los grandes medios de comunicación americanos.

La democracia americana se prepara para una vuelta de tuerca.
Del demócrata Obama al Republicano Trump, diversos métodos para los mismos objetivos imperialistas.

Si se puede, ¿lo recordáis? Fue el eslogan que simbolizaba el ascenso del primer político negro a la presidencia de América. Y, si bien todos los sondeos, al margen de las oscilaciones coyunturales, daban continuamente a Clinton ventaja sobre Trump, finalmente — pese a no pronunciarlo nunca — ha sido el eslogan oculto de Trump: sí, se puede hacer, se puede vencer, pese a los sondeos y al propio partido que, hasta el final, ha tenido en su contra. El sistema electoral que rige las elecciones presidenciales americanas está hecho de manera que la democracia electoral (un voto por elector) se pliegue ante los intereses particulares (lobbys económico-financieros, etc.). El hecho de que sean determinados Estados los que, si bien cuentan con una población con derecho al voto inferior respecto al resto de Estados, pese en términos de “grandes electores” más que los otros, constituye un desequilibrio que puede cambiar totalmente el resultado final. El ejemplo más reciente es el de G.W. Bush, que le quitó la victoria a su adversario por una diferencia de votos irrelevantes, como la misma victoria de Donald Trump que ha derrotado a Hillary Clinton si bien esta última, en términos de votos individuales, tenía cerca de 1 millón de votos más que Trump. Bromas de la democracia burguesa... que no sólo engaña sistemáticamente a las grandes masas ilusionándolas con ser las verdaderas protagonistas de las decisiones políticas, económicas, financieras, sociales y militares que los gobiernos toman, sino que engaña y sorprende también a la gran burguesía habituada a tirar de los hilos de la política según sus conveniencias tanto en el corto como en el largo plazo.

El multimillonario Trump ha “salido al campo”, pero no es un empresario que sólo recientemente se ha dedicado a la política; desde finales de los años ´70 estaba entre los principales apoyos de Ronald Reagan en la campaña por las presidenciales y, después, según la conveniencia de sus negocios, formó parte del partido republicano, después del reformista, después del demócrata, para volver finalmente al partido republicano. Su reciente incursión en el ámbito político más importante, del cual sale el nuevo presidente de los Estados Unidos, ha revelado que en una América aún afectada por las consecuencias de la crisis de 2.007 (que, como detonador, tuvo la caída de las subprime precisamente en el sector inmobiliario al cual ha pertenecido siempre Trump), las violentas contradicciones que la caracterizan, y que han golpeado en particular a amplios estratos no sólo obreros sino también de las clases medias, se han abierto las puertas a las tendencias más reaccionarias. Tendencias que “piden” ser representadas por personajes ajenos al “establishment”, no relacionados directamente con las instituciones pero lo suficientemente conocidos como para poder obtener el favor de las grandes masas desilusionadas e insatisfechas por la gestión política de Obama.

Trump, con su eclecticismo, su trivialidad, su sexismo, su racismo, unidos al éxito en los negocios y a la representación de un continuo reality show, apareció como “el hombre del momento” y su tenacidad para llegar hasta el final del duelo electoral con Clinton, verdadera representante del “establishment”, ha sido premiada con la victoria. En verdad ya había probado suerte en 2.012, pero como los sondeos no eran en absoluto positivos para su candidatura, lo dejó correr. En 2.016, por contra, las cosas fueron de otra manera. La pequeña burguesía arruinada por la crisis, rabiosa en su enfrentamiento con los inmigrantes clandestinos y celosa de sus armas para defender la propiedad privada, y los estratos obreros más cualificados junto con los pequeños agricultores, hartos del fisco, amenazados por la inseguridad en el puesto de trabajo y con perspectivas de vida miserables, llamados al circo electoral para “elegir” al nuevo presidente, han dado su favor a aquel que mejor hacía propaganda contra la presión fiscal, el rechazo al control de armas, el retiro de la reforma sanitaria de Obama, la repatriación de millones de clandestinos y, a nivel de política extranjera, el stop a las ayudas internacionales, la renegociación de los acuerdos con Irán y China y la lucha contra el terrorismo internacional identificado con el islam.

La burguesía imperialista americana ha encontrado en Trump al personaje que el teatro de su política necesitaba: es multimillonario, por lo tanto forma parte de la clase de los grandes burgueses; es suficientemente ecléctico para poder representar, según el momento, el papel de duro, de negociador, de generoso; habla como un estibador y usa argumentos de bar; es yankee en lo más profundo de su alma y está embebido por la ideología de la Gran América que, en un periodo en el cual los Estados Unidos sufren de un cierto declinar ideológico a nivel internacional, sirve para preparar al “pueblo americano” para sufrir, mañana, quizá más que hoy... pero por un gran ideal, el ideal de una América a la que todo el mundo debe temer.

No sabemos aún cuál será efectivamente el programa político y económico de Trump, una vez se instale oficialmente en la Casa Blanca, y es probable que ni siquiera lo sepa él. Está construyendo su gobierno y deberá realizar los compromisos necesarios con su partido para poder ser apoyado por el Congreso en las decisiones políticas, dado que lo ha tenido en contra durante la campaña electoral. Pero es cierto al mil por ciento que, junto a sus intereses personales de gran constructor, su gobierno defenderá los intereses de los lobbys económicos que lo apoyan, y que tendrán mayores concesiones en sus propios asuntos, y los intereses del imperialismo americano en cualquier parte del mundo.

¿Encontrará dificultades en Europa, Asia, América Latina y en Medio Oriente? Seguro, como por otra parte las encontró Obama no obstante los aparentes acuerdos y los grandes apretones de mano con Hollande y Merkel. ¿Se entenderá con Putin? Es probable porque pueden hallar intereses comunes en el Medio Oriente y en Asia. El cuadro internacional está destinado a cambiar, no tanto por invención del ecléctico Trump, sino porque con los actuales desórdenes mundiales, se están preparando las alianzas que se asumirán en la tercera guerra mundial, guerra que no parece aún inmediata, pero cuyo estallido las próximas crisis económicas internacionales podrían acelerar.

Hoy por hoy, el proletariado está ausente de la escena política y social americana (y, de hecho, no sólo americana). Ausente en términos de clase social que defiende sus propias reivindicaciones y que hace sentir su propio peso social. Las crisis capitalistas que han golpeado en los últimos cuarenta años no han sido suficientes para formar en la clase obrera americana núcleos consistentes de proletarios capaces de representar sus propios intereses de clase y de constituir la base para un desarrollo de la lucha de clase en el país capitalista más importante del mundo. Los proletarios americanos o bien se han desinteresado de las cuestiones sociales y políticas o se han dejado encantar, cada vez, por los predicadores de turno, ya fuesen estos religiosos o políticos, pero siempre envueltos en la falsa ideología burguesa según la cual cada uno “basta que lo quiera y lo demuestre”, y es autor de su propio destino. Nadie sabe cuánto tiempo hará falta para que los obreros americanos, blancos, negros, hispanos, asiáticos, se reconozcan como una clase en sí mismos, la clase explotada por excelencia por la clase burguesa capitalista (también ella blanca, negra, hispana, asiática), la clase que en lo más profundo de su existencia social vive un antagonismo permanente contra las condiciones de explotación y de esclavitud a las que está sometida, pero que reacciona contra ellas con métodos y medios exclusivamente burgueses: competencia entre proletarios, individualismo, adoración del dios dinero, respeto a la riqueza y a la autoridad que deriva de ella.

Sólo reconociéndose como clase proletaria en sí misma, clase que tiene una perspectiva histórica del todo opuesta a aquella de la burguesía, sólo reconociendo que únicamente con la lucha de clase anticapitalista, por lo tanto antidemocrática y antiburguesa, es posible combatir de manera decisiva contra las condiciones de explotación, de miseria, de hambre... es posible prepararse para resistir y combatir contra la presión burguesa para la movilización bélica; sólo reconociendo que a la lucha de clase que la burguesía conduce cada día contra la clase de los trabajadores asalariados se contrapone la lucha de clase del proletariado unido por encima de las diferencias de nacionalidad, raza, sexo, edad, cualificación laboral; sólo con esta condición la clase obrera americana podrá conquistar su dignidad humana, sublevarse contra la condición de bestia del trabajo y volverse  protagonista de su propio futuro: un futuro en el cual está previsto el fin de toda opresión, tanto de la salarial como de la que afecta a la mujer, como la nacional y la racial.

La burguesía sostiene y, a su manera, demuestra, que a su propia sociedad, a la sociedad del dinero, del mercado, de la propiedad privada, de la competencia capitalista, del poder del más fuerte, no hay alternativa. En efecto, hoy, el capitalismo vence en todos los países del mundo. Pero vence y continúa en pie, no obstante las crisis devastadoras, con una condición: tener de su parte a las grandes masas proletarias, explotadas, pese a que estas están en la miseria, muertas de hambre y masacradas por todo el mundo, y América no es ciertamente un país donde no existan desocupados, marginados, hambrientos y donde no se asesine con gran facilidad.

Para que la clase obrera americana se despierte de un profundo aturdimiento y de una gran intoxicación de democracia e individualismo, ¿harán falta crisis peores que aquellas que han golpeado ya a América? Es muy probable; está escrito en la historia de la misma sociedad burguesa: “Con el desarrollo de la gran industria desaparece bajo los pies de la burguesía el terreno sobre el cual esta produce y se apropia de los productos. Ella produce a sus propios sepultureros [los trabajadores asalariados]. Su ocaso y la victoria del proletariado son ambos inevitables”. Estas palabras del Manifiesto de Marx-Engels hoy pueden hacer sonreír a muchos, como hacían sonreír las palabras de Lenin antes de la revolución de Octubre en Rusia. No está escrita la fecha del funeral de la sociedad burguesa; somos materialistas, no visionarios. Pero es por este funeral que nosotros, comunistas revolucionarios, trabajamos y combatimos, seguros de que el mismo capitalismo creará las condiciones objetivas para que el proletariado, no importa en qué país primero, levante la cabeza y tome el camino de la lucha de clase y revolucionaria.

Partido Comunista Internacional (El Proletario)

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