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Gazir Sued: Equívocos
por Gazir Sued Saturday, Jan. 12, 2013 at 7:57 PM

Columna

Nadie parece dudar en estos tiempos que la “integridad” es un imperativo moral en el ejercicio del poder político de las sociedades democráticas. Más allá de las diferencias ideológicas entre la ciudadanía, todos parecen convenir en ello: la integridad no es negociable, ni admisible el derecho a su renuncia. No obstante, la palabra misma carece de sentido unívoco y absoluto; y se presta para inducir graves equívocos, ya por ingenuidad o ignorancia, por convicción férrea o malicia, similares a veces a la arrogada razón -infalible e incuestionable- de los fundamentalismos religiosos y los despotismos legales de regímenes de gobierno autoritarios. La relativa ambigüedad que la caracteriza, pues, no sólo condiciona e incide sobre los modos como valoramos y juzgamos las ejecutorias de nuestros funcionarios de gobierno, sino que, a la vez, pone en entredicho la existencia de un consenso social sobre la moral política que debiera regir y regular al poder discrecional del Gobierno.

En la dimensión de las corrupciones, como fraudes y extorciones, no parece haber mayores discrepancias sobre el sentido asignado a la noción de integridad. Atenerse a las leyes y reglamentos es su mecánica formal, pero ésta práctica no constituye sino un ápice de su razón de ser. Las leyes y reglamentos no representan verdades absolutas o divinas, valederas para todos en todos los tiempos. Los trámites legislativos en las sociedades democráticas responden a una lógica diferente, y las dinámicas del cambio le son substanciales al ejercicio del poder político. La naturaleza de cualquier cambio en las leyes presupone alterar de algún modo lo que antes se creía, y eso, para bien o para mal, implica contravenir las razones que alguna vez las defendieron e impusieron.

En idénticos términos sucede con relación a las promesas de campaña electoral. Advenido al poder político el gobierno del PPD, se espera que cumpla sus promesas y las convierta en leyes sin peros ni dilaciones. Pero la vida política es mucho más compleja y no debe actuarse irreflexivamente y de manera irresponsable. No debe presumirse que la plataforma del partido en el poder representa la “voluntad popular”, ni tampoco creer que “el pueblo” sabe a ciencia cierta lo que ésta decía o implicaría. Ni siquiera debe presumirse voto de incondicionalidad en los silencios que subyacen el aparente consenso; ni mucho menos que las promesas de campaña se asientan en una base de análisis riguroso, profundo y definitivo; exento de reservas, inconsistencias y lagunas científicas; improvisaciones retóricas y demagogias de ocasión. La experiencia histórica lo evidencia. Recordemos la desastrosa y fracasada política de mano dura contra el crimen o la privatización de la telefónica durante la incumbencia del gobernador Rosselló, legitimadas por el estribillo demagógico “el pueblo habló y yo obedezco”.

A nombre de la “lealtad” al partido no debe renunciar el legislador o el gobernante al pensamiento crítico y a la reflexión sería e incisiva. Las diferencias de criterio no deben interpretarse mecánicamente como actos de traición política o falta de integridad; ni sacarse de proporción o promoverse como escándalo mediático.

Asumir una posición reflexiva antes que aferrarse rígidamente a una promesa de campaña electoral no mina la integridad política o moral. Por el contrario, en principio, evita tener que remediar errores que pudieran ser previsibles si atienden los asuntos conflictivos con debida honestidad. Esa que, tal vez, estuvo ausente o distraída al comprometerse.

A la noción de integridad en el ejercicio legislativo debe irle aparejada un profundo sentido de justicia, que no puede reducirse nunca a las mecánicas de los juramentos de partido ni contenerse de manera definitiva en sus textos reglamentarios.

Protéjase la integridad del derecho a dudar, a pensar por sí mismo, a discernir y a contradecir responsablemente; reconózcase como derecho equivocarse y reivindíquese como valor moral admitir haber errado. Venga de quien venga, en el momento que entienda, téngase por integridad la voluntad de prevenir y enmendar el yerro, lo malo y lo dañado…

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