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En el natalicio de Marx
por Rafael Rodriguez Cruz
Saturday, May. 05, 2012 at 2:50 PM
La era actual, que bien podemos llamar de predominio general de los capitales ficticios y de la riqueza monetaria imaginaria, confirma, en lugar de refutar, la visión que tenía Marx de la fase más elevada y final del capitalismo.
LA HORA DEL MARXISMO
Rafael Rodríguez Cruz A principios de agosto de 1940, pocas semanas antes de ser vilmente asesinado, Trotsky hizo una reflexión sobre el movimiento revolucionario marxista y la Primera Guerra Mundial. Según él, ni siquiera Lenin pudo predecir en 1914 la dimensión gigantesca de la crisis que se avecinaba y la gran carnicería humana que desatarían los grandes poderes imperiales al servicio de los bancos. En su conjunto, la extrema izquierda marxista, nos dice Trotsky, fue tomada por sorpresa por los eventos de agosto de 1914 y meses subsiguientes: “Durante la última guerra, no sólo el proletariado en su conjunto, sino también la vanguardia y, en un cierto sentido la vanguardia de la vanguardia, fue tomada de sorpresa. La elaboración de los principios de la política revolucionaria en torno a la guerra comenzó en un momento en que la guerra ya estaba en plena deflagración y la maquinaria militar ejercía su dominio ilimitado. Un año después del comienzo de la guerra, la pequeña minoría revolucionaria estaba todavía obligada a acomodarse ella misma a la mayoría centrista en Zimmerwald. Antes de la revolución de febrero, e incluso después de ella, los elementos revolucionarios se veían ellos mismos no como contendientes para la toma del poder, sino como una oposición de izquierda extrema”. (El último artículo de Trotsky, Agosto 1940).
Trotsky escribe esto cuando las operaciones militares de la Segunda Guerra Mundial ya llevaban cerca de un año y medio. Pero en su escrito hay un cierto aire de barrunto de que lo que se avecinaba era todavía peor de lo que el movimiento revolucionario había visto hasta entonces. Desafortunadamente, los eventos de septiembre de1940 en adelante le dieron toda la razón.
Mas hay otro sentido en que Trotsky habla de que el movimiento revolucionario fue “tomado por sorpresa” en 1914. La idea de que la competencia interimperialista pudiera resultar en 1914 en una conflagración de escala mundial entre los grandes estados capitalistas —con todo su barbarismo— era cosa pequeña, frente a la idea de que en tres años la vanguardia marxista habría de plantearse no sólo la posibilidad sino la necesidad de la toma del poder como respuesta al conflicto militar. Ni siquiera Lenin contemplaba tal escenario al comienzo de la Guerra: “En 1915, Lenin hablaba en sus escritos de guerras revolucionarias que el proletariado victorioso habría de librar. Pero era entonces una cuestión de una perspectiva histórica indefinida y no de una tarea de mañana. La atención estaba centrada en la engañosa política de defensa de la ‘madre patria’ por los oportunistas. Los revolucionarios naturalmente respondieron a esto en la negativa. Esto era enteramente correcto. Pero esta respuesta puramente negativa, que servía de base para la propaganda y la formación de cuadros, no podía ganar a las masas, que no querían un poder invasor. En Rusia, antes de la guerra, los bolcheviques constituían tres quintas partes del proletariado de vanguardia., esto es, de los trabajadores participando en la vida política (periódicos, elecciones, etc.). Siguiendo a la Revolución de febrero, el poder ilimitado pasó a manos de los “defensistas”, los mencheviques y los SR’s. Sin duda, los bolcheviques, en espacio de ocho meses, conquistaron la abrumadora mayoría de los trabajadores. Pero el papel decisivo en esta conquista no lo jugó la negativa a defender la patria burguesa, sino la consigna ‘Todo el poder a los Soviets’. ¡Solamente esta consigna revolucionaria! La crítica del imperialismo, del militarismo, la renuncia a la defensa de la democracia burguesa, etc., nunca habrían ganado a la inmensa mayoría de la gente para los bolcheviques”.
La reflexión de Trotsky en agosto de 1940 tiene mucho valor para la situación actual que vive el movimiento revolucionario. Nos parece que, al igual que en agosto de 1940, nadie tiene hoy una idea clara de qué es lo que se avecina. Esto, no solamente en términos de la profundidad de la crisis económica del sistema capitalista mundial, sino también en el sentido de (1) las posibles respuestas de una clase dominante armada, como nunca, para intentar resolver todo mediante la violencia, el militarismo y la persecución política y (2) lo que la compleja coyuntura podría exigir del movimiento revolucionario marxista.
Pero en lo que toca a este último, en particular, quizás lo más significativo hoy en día es el abandono real del marxismo como metodología fundamental para el análisis por parte de los revolucionarios. Resulta paradójico que previo a la caída de la Unión Soviética, en que tanto se criticó el dogmatismo de la burocracia, el marxismo al menos era estudiado con cierta seriedad por los académicos de izquierda en países como Estados Unidos e incluso Puerto Rico. Hoy ni eso. Lo que ha venido a pasar como pensamiento progresista —y lo que ocupa un lugar prominente en algunas revistas de izquierda, incluso en América Latina— es una mescolanza de refritos ideológicos liberales de la década del setenta u ochenta del siglo XX, que nos revenden hoy como la última teoría acabada de salir del horno de la academia. Lo central que comparten todos estos autores (Wallerstein, Klein, etc.) es que rechazan, explícita o implícitamente, el marxismo como metodología fundamental para la comprensión del conjunto de las relaciones económicas y sociales del capitalismo contemporáneo. A lo sumo, las categorías fundamentales de El capital cumplen aquí un papel descriptivo y no analítico, si es que se mencionan. Ése es el núcleo verdadero de este pensamiento que hoy, contrario a 30 o cuarenta años atrás, campea por su respeto sin ser sometido a la más mínima crítica por parte del pensamiento marxista.
Este abandono real de la metodología marxista no guarda conexión interna alguna con los preceptos fundamentales de la doctrina, ni en un sentido metodológico ni sustantivo. El cuerpo fundamental del marxismo sigue siendo sólido. Pero tampoco hay que llegar a la explicación del problema mediante la categorización abstracta de la composición social de la llamada izquierda. La raíz del asunto, como diría Rosa Luxemburg, es la propia historia de los movimientos revolucionarios y la manera en que esa historia condiciona, sea negativa o positivamente, las reflexiones teóricas. Así, Luxemburg nos habla en 1903 de una dialéctica de estancamiento y progreso del marxismo que hoy, en nuestra opinión, también tiene vigencia: “Sólo en la medida en que nuestro movimiento avanza y exige de soluciones a los nuevos problemas prácticos, regresamos al tesoro del pensamiento de Marx, para extraer de él, y utilizar, nuevos fragmentos de su doctrina. Sin embargo, dado que nuestro movimiento, como todas las campañas centradas en la vida práctica, se inclina a proseguir discurriendo por los viejos senderos de pensamiento, y a aferrarse a principios luego de que éstos han dejado de ser válidos, la utilización teórica del sistema marxista ha procedido de manera verdaderamente lenta”.
De modo que para entrar en el tema del estado actual de la doctrina marxista, de su lugar vis a vis las doctrinas liberales izquierdistas (los “sistemas mundos”, la crítica liberal del imperialismo, etc.), habría que plantearse el estudio concreto de la dialéctica de los movimientos revolucionarios y progresistas. Pero aquí surge otro obstáculo. Hoy, contrario a los tiempos de Marx, Engels y Lenin, pocos debates de izquierda comienzan con una reflexión de este tipo. En lugares como Estados Unidos, el tema de la historia reciente de la “izquierda” recibe muy poca, por no decir ninguna, atención. Alexander Cockburn, de la revista Counterpunch, ha señalado repetidamente cómo la izquierda estadounidense se rehúsa a reflexionar sobre la debacle del movimiento antiguerra entre 2000 y 2006, así como acerca de la política colaboracionista en la elección de Obama. Pero sin recapacitar sobre estos dos eventos es imposible sacar a la izquierda norteamericana del atolladero en que se encuentra organizativa e ideológicamente. Como era de esperarse, el llamado movimiento de Ocupación de Wall Street, nació cargado de todas las divisiones económicas, raciales y organizativas del período 2000-2006. El resultado inevitable ha sido una gran incapacidad de transformarse en un movimiento de masas; esto, en un país hastiado del militarismo y de la explotación del conjunto de la población por los grandes bancos. Hoy, el militarismo y la dominación descarada de los bancos es peor que durante la época de Bush. ¿Y por quién van a votar muchos izquierdistas estadounidenses en 2012? Pues, por Obama. El único aspirante a candidato presidencial que se opone a la guerra, Ron Paul, está en el Partido Republicano. La izquierda estadounidense ha aceptado, pues, la guerra y el militarismo como un mal menor frente a la idea de que gane la “derecha”. Por eso, el llamado movimiento de OWT no acaba de arrancar y en algunas ciudades de grandes concentraciones de poblaciones minoritarias pobres, tiene un impacto político muy limitado. Esto aunque, a decir verdad, la manera violenta en que a veces es reprimido por la policía, encierra el potencial de provocar una mayor radicalización.
Todavía más penoso es el asunto de la igualdad de derechos para los trabajadores indocumentados. Hoy nadie reflexiona sobre las grandes concentraciones y marchas a favor de los indocumentados, que caracterizaron los años inmediatamente previos a la elección de Obama. Éste, como sabemos, ha deportado sobre un millón de trabajadores indocumentados (cosa que ni Bush hizo). La deshumanización y criminalización de la llamada población ilegal en Estados Unidos es un fenómeno terrible, que amenaza con adoptar formas verdaderamente fascistas, y que recibe, cuando más, una atención marginal por la llamada izquierda estadounidense. En realidad, todo lo anterior podría ser el tema de un estudio socioeconómico de la izquierda estadounidense. Ésta presenta rasgos que la identifican socialmente con la clase media acomodada. No se trata solamente de que buena parte esté centrada en colegios y universidades adineradas, sino que el pensamiento progresista, e incluso marxista, oficial, es de carácter esencialmente académico. Y “académico” en Estados Unidos quiere decir un nivel de vida muy por encima de las masas (salarios garantizados, venta de libros de texto, publicación de artículos a consignación, etc.). El grueso de la intelectualidad de izquierda de este país comparte muy poco con los sectores oprimidos y vive y trabaja, por lo general, en comunidades étnica y económicamente exclusivas. Nuevamente, los compañeros de la revista Counterpunch han abundado sobre esto, bautizándolo como el fenómeno de la “izquierda clase media”, que ha logrado, muy a pesar de la severidad de la crisis, mantener sus niveles elevados de vida. He ahí una de las causas fundamentales del oportunismo, academicismo y la colaboración de clase de la izquierda en Estados Unidos.
A un nivel más preocupante es el mencionado deterioro del estudio del pensamiento marxista. Podría, naturalmente, intentarse levantar la objeción de que el mundo contemporáneo, con sus nuevas tecnologías, no se ajusta a la visión que tenía Marx en El capital, de grandes concentraciones de proletarios frente a un capital industrial organizado en colosales factorías en los países capitalistas desarrollados. Pero, en realidad, es totalmente errónea la aseveración de que el mundo económico contemporáneo contradice los postulados fundamentales de la teoría económica marxista. La era actual, que bien podemos llamar de predominio general de los capitales ficticios y de la riqueza monetaria imaginaria, confirma, en lugar de refutar, la visión que tenía Marx de la fase más elevada y final del capitalismo. En ésta, el crédito se convierte en el agente activo de la socialización formal de todos los sectores económicos, desde la industria hasta el comercio, la banca y el propio Estado. El resultado es una vertiginosa aceleración de la transición al socialismo, que es precisamente lo que vivimos hoy. Conceptos como neoliberalismo, globalización, desglobalización, capitalismo salvaje, capitalismo desordenado, etc., sirven como consignas inmediatas de lucha, para criticar al capitalismo, pero esconden la verdad fundamental, empíricamente comprobable, de que en los últimos 20 o 30 años el proceso de transición al comunismo ha cobrado un impulso aún mayor, en particular como resultado de las nuevas tecnologías y sus efectos sobre la circulación de los capitales monetarios y crediticios. Lo que distingue al marxismo de otras corrientes progresistas no es la mera crítica de la sociedad capitalista, sino el entendimiento que en un mismo movimiento el gran capital se reproduce y pone, irremediablemente, las condiciones, reales y formales, de la transición al socialismo. La irracionalidad del mundo contemporáneo, la tergiversación de las relaciones económicas más simples y el terrible impulso general a la violencia brotan de las leyes que presiden el movimiento del capital que rinde interés, de la circulación del capital crediticio, que hasta cierto punto es independiente del movimiento del capital industrial. Captar su naturaleza interna, apropiarse de la teoría marxista del crédito (y aplicarla al mundo contemporáneo) es una tarea urgente. Obviamente, un obstáculo mayor a esta necesaria asimilación del marxismo es que, como señala el escritor inglés John Lanchester, todo el mundo cita los libros de Marx, pero poca gente los lee. [Lanchester John. Marx at 193. London Review of Books, 20 February, 2012].
El conjunto de las contradicciones arriba mencionadas queda meridianamente desplegado en la obra del filósofo Slavov Žižek. Éste proclama haber descubierto una sociedad capitalista que ha superado la ley del valor. La acumulación de riqueza en dinero, concretamente la riqueza imaginaria ligada al capital que rinde interés, queda supuestamente liberada de la producción real de riqueza material [Ver: La revuelta de la burguesía asalariada, London Review of Books, Tomo 34, No. 2, 26 de enero de 2012]. Este argumento, defendido una y otra vez por la economía política financiera de mediados del siglo XIX, de que supuestamente la acumulación de capital-dinero puede independizarse completamente de la producción de plusvalía (por lo tanto, de la acumulación real de capital en la industria) fue refutado una y otra vez por Marx en el Tomo III, Parte V, de El capital. Allí Marx señala que el movimiento del capital que rinde interés no está determinado de manera inmediata y directa por la acumulación real de capital, pero depende de esta última y la tiene como presupuesto general. Por eso, si bien la tasa mercantil de interés no es un reflejo pasivo de la tasa media de ganancia, la tasa general de interés expresa la caída tendencial de la tasa general de ganancia. Lo otro, la teoría de que el capital financiero puede reproducirse por sí mismo al infinito, es lo que Marx llama el fetichismo del capital que rinde interés. Desde el punto de vista marxista, el avance de la acumulación del capital sobre la base de la moderna maquinaria, y su complemento necesario el moderno sistema de crédito, no pude desembocar sino en sociedades capitalistas avanzadas en que predomina la riqueza en dinero imaginaria (el concepto es de Marx), en la forma de capitales especulativos, capitales ficticios y distintas modalidades de conexión del capital que rinde interés con los circuitos de capitales mercantiles, financieros y productivos (además del estado). Pero Žižek, que no se apoya en los más mínimo en un análisis riguroso de las relaciones económicas en las sociedades capitalistas contemporáneas, coloca todas los ingresos bajo la misma categoría de meras rentas en dinero (uno de los argumentos principales de la economía política vulgar criticada por Marx) y en lugar de diferenciar los elementos de la moderna estructura de clases, funde a la burguesía con la clase trabajadora en la noción ideológica de que todo salario puede verse como expresión de un capital. Marx refutó este punto de vista en el Capítulo 25 del Tomo III de El capital, al discutir el crédito y el capital ficticio. Toda esta confusión se aclara si se entiende el papel del capital que rinde interés como agente organizador activo de la forma que adopta la acumulación de capital en el capitalismo moderno. He ahí el factor clave para entender fenómenos como Microsoft o Apple. Žižek, pues, no ha refutado a Marx ni nos ofrece una clave real para la compresión real de la estructura de clases en el mundo actual. Por eso, su proyecto de “‘regresar” a Hegel, como pensador que cierra la modernidad, es un planteamiento genial, pero abstracto.
Mas lo verdaderamente sorprendente no es que Žižek postule un punto de vista que contradice los preceptos más básicos de la teoría económica marxista, sino que sus artículos, que han sido publicados en todas las revistas progresistas del mundo, no hayan provocado reacción alguna de los defensores académicos de Marx. Estamos, al parecer, en la época de los “diversos marxismos”, en que cada cual puede decir lo que quiera sobre Marx sin temor a que se le confronte con los textos originales.
Claro, en lo que sí hay que estar de acuerdo con Žižek es en su crítica de los levantamientos espontáneos de masas que sacuden a países como Grecia, Inglaterra, España, Egipto, etc. Estos movimientos no van a llegar muy lejos, si limitan sus metas y objetivos al mero acto de ejercer presión sobre los partidos políticos. Los límites de la organización espontánea de masas son obvios. Para imponer una verdadera reorganización de la vida social, hace falta “un organismo fuerte y que sea capaz de llegar rápidamente a decisiones y que las implemente con la pujanza que sea necesaria” [ver: Žižek, Slavov. Shoplifters of the World Unite. London Review of Books, 19 agosto de 2011]. Pero es aquí precisamente donde él no ve la conexión necesaria entre teoría revolucionaria y práctica revolucionaria. La única manera de construir la organización que Žižek propone es a partir de una conceptualización clara de la estructura de clases en las sociedades capitalistas contemporáneas. Y esa posibilidad solamente la brinda la teoría económica marxista, que como vemos él no ha estudiado con el rigor necesario, e incluso nubla. Al final, lo que vale es el análisis concreto de la realidad concreta. De nuevo, hay que volver a la tesis de Trotsky: No fue tanto la crítica del imperialismo, como el entendimiento de la posibilidad de la toma del poder por las masas lo que caracterizó el pensamiento de Lenin a partir de abril de 1917. Del imperialismo como fenómeno económico y político hablaba todo el mundo. Pero solamente Lenin logró definirlo científicamente como una aceleración del tempo de la transición al socialismo. Aplicado al momento actual esto quiere decir que hay una diferencia crucial entre analizar el momento actual como una mera crisis provocada por el fracaso de las políticas neoliberales de las últimas tres décadas, y otra cosa es ver el momento actual como una aceleración del proceso real de la transición al socialismo. Tomemos la primera afirmación, que hoy consume el 80% del esfuerzo de la intelectualidad progresista en Estados Unidos, América Latina y Puerto Rico. Desde el punto de vista del marxismo, concretamente desde el punto de vista de El capital, ninguna política monetaria o bancaria puede crear de por sí una crisis monetaria o crediticia. Las llamadas burbujas crediticias, en las cuales el capital ficticio o riqueza monetaria juega un papel central, hunden sus raíces en las leyes inmanentes de la producción capitalista (tendencia decreciente de la tasa de ganancia, etc.), así como en el movimiento relativamente independiente de la banca y la moneda. La fase final y más elevada posible del capitalismo, nos dice Marx, se caracteriza por la plena generalización del dominio del capital que rinde interés y por el peso cada vez mayor de la riqueza monetaria imaginaria en los países capitalistas más desarrollados, o sea, por las grandes burbujas crediticias. En última instancia el efecto del capital que rinde interés es dar a toda la riqueza, real o imaginaria, el carácter formal de capital ficticio. No puede ser de otro modo en la etapa más avanzada y final del modo de producción capitalista. Entonces, seguir hablando del momento actual como la crisis del neoliberalismo no es sino eso, pura habladuría. Hace rato que el marxismo comprobó que las crisis hunden sus raíces en la lógica del capital y no en meras políticas fiscales, que pueden agravar la crisis pero no causarlas. ¿Cómo es posible que la izquierda estadounidense se sorprenda de que la economía de Estados Unidos —la más desarrollada desde el punto de vista del capital— muestre hoy el dominio aplastante del capital ficticio? Eso corrobora a Marx; no lo refuta.
Pero podría objetarse que la segunda afirmación, acerca de la urgente necesidad de conceptualizar el momento actual como una aceleración del tempo de la transición al socialismo, es una proposición abstracta. Y sí, es una proposición abstracta, pero sólo en cuanto a su forma. En cuanto a su contenido es absolutamente concreta. En primer lugar, recoge el axioma de la dialéctica marxista de que el pensamiento de la contradicción es el momento esencial del concepto. Esta época que estamos viviendo, con sus conflictos aparentemente insolubles, es la forma concreta en que se presenta ante nuestros ojos la fase más acabada y final posible del capitalismo. No nos gustan muchas cosas de ella, incluso genera en muchos de nosotros un miedo terrible ante la posibilidad de una crisis ecológica o nuclear que acabe con el planeta, pero no por eso deja de ser un momento del devenir al socialismo. Explicar la unidad de esos opuestos, en un lenguaje comprensible a las masas, es crucial. Situarlo en la base de nuestro análisis, es igualmente importante.
En segundo lugar, esa proposición aparentemente abstracta encierra otra proposición todavía más certera. Solamente el análisis concreto de la realidad concreta puede dar una base científica a nuestra práctica revolucionaria. Y aquí usamos el vocablo “concreto” en el sentido marxista de la palabra. No se trata de derivar el análisis a partir de una regurgitación de los conceptos abstractos de El capital, como es tan común en América Latina y Puerto Rico, sino del estudio de la realidad inmediata como un proceso de devenir (valga la redundancia). Ello solamente es posible mediante la cribación de una masa gigantesca de datos acerca de las trasformaciones que hoy experimenta el mundo burgués ante nuestros ojos, pero siempre desde la perspectiva de qué vías se vienen abriendo hacia la transición final. Esa perspectiva que, de nuevo, reviste necesariamente una enunciación abstracta, nos parece más útil que la que viene prevaleciendo últimamente entre los sectores progresistas de Estados Unidos, en que se debate si a la humanidad le quedan 30 o 40 o 50 años de sobrevivencia. [Ver, por ejemplo: Deep Green Resistance, Aric McBay & Lierre Keith, Seven Stories Press, 2011] Para salir de este atolladero hace falta algo más con más substancia que el mero miedo al final de lo existente, no importa la base científica del argumento.
Otra alternativa ideológica liberal que ha “surgido” en los últimos tiempos es la idea de que el tipo de sociedad que ha de seguir al capitalismo no es conceptualizable rigurosamente desde una óptica marxista. Este punto de vista, asociado al dislate de los “sistemas-mundo”, nos dice que aunque estamos en una transición, no se puede decir de antemano hacia qué tipo de sociedad evolucionamos. Desde esta visión, serán las izquierdas, en sus luchas y aspiraciones —y por medio de meras concepciones de la política y la democracia— las que definan el contenido esencial de la transición. Con ello, toda la concepción de la sociedad socialista como una etapa necesaria en la evolución de la sociedad moderna queda echada a la borda. El tipo de sociedad necesaria y posible no se erige, en esta visión, sobre la base del nivel alcanzado por las fuerzas productivas (y sus determinaciones formales), sino por lo que las izquierdas decidan querer. Lo penoso del asunto es que estas concepciones ideológicas del liberalismo burgués no han encontrado respuesta alguna de parte del pensamiento marxista contemporáneo. El silencio es casi absoluto. La única réplica ha surgido de pensadores y militantes que apuntan a las contradicciones de las “izquierdas” y como estas últimas, incluso donde han logrado recientes triunfos electorales, no han puesto término a la explotación de las masas. (Ver: Zibechi, Raúl. Las izquierdas y el fin del capitalismo. La Jornada, 13 de enero de 2012).
La mentira más grande que nos vende el capitalismo hoy es la falsa noción de que no estamos en transición hacia una sociedad comunista, la única forma de organización superior al capitalismo. La segunda mentira gigantesca es que no ha sido el propio capitalismo el que ha puesto las bases materiales de ese tipo de sociedad, proceso que se ha acelerado en las últimas tres décadas con la generalización avanzada y final del sistema crediticio moderno. La tercera mentira es la que sostiene que la violencia actual del sistema es una respuesta racional a los ataques de las fuerzas contrarias a la civilización y los mercados. Mentiras, mil veces mentiras. La violencia y la irracionalidad son inherentes al dominio del capital que rinde interés y a la forma más acabada y final del modo de producción capitalista. Comprender estas tres cosas es el ABC para poder desarrollar una visión mínimamente coherente, científicamente correcta, de la época actual que vivimos. Como advirtiera Marx a Engels: no se debe perder de vista nunca el aspecto económico de la cuestión, aunque a veces lo político y lo militar ocupen la atención inmediata de todo el mundo y parezcan ser los factores determinantes.
Al final del camino, hay que admitirlo, cada cual hace con su tiempo lo que le da la gana. Nada se resuelve con llamar a que los liberales y académicos de izquierda adopten el marxismo como su guía de pensamiento y acción. Máxime, cuando el pensamiento propiamente marxista está hoy a contracorriente. Pero lo verdaderamente inaceptable es que sean los propios marxistas los que desatiendan la doctrina fundada por Marx y Engels, so pretexto de ganarse un puesto universitario o la simpatía del liberalismo académico. El 2012 debe ser un año de unidad y avance del pensamiento marxista revolucionario a nivel internacional. Unidad que sólo puede ser sólida si se funda en la rigurosidad científica, en el compromiso moral con las luchas de las masas trabajadoras y en la ruptura radical con el liberalismo académico. Es risible que hoy, los mismos que atacaban hasta hace poco el “dogmatismo” de Lenin, pronostiquen la caída del capitalismo en tres o cuatro décadas. El futuro en realidad nadie lo sabe. Lo que sí sabemos es que para responder coherentemente a los retos del momento (y del futuro) debemos ampararnos no en pronósticos abstractos, sino en el conocimiento científico de la realidad objetiva. Nadie sabe cómo podría articularse concretamente una crisis final del capitalismo. Lo más probable es que sea un cuadro horroroso de violencia e irracionalidad, inimaginables incluso por los estándares prevalecientes hoy en día. Es impensable que el marxismo no pueda jugar un papel importantísimo, de vanguardia, en medio de una crisis de tal magnitud (cuyos contornos y fecha exacta son impredecibles).
Seamos justos. Si ni siquiera Lenin, con toda su genialidad intelectual, pudo contemplar de antemano toda la atrocidad que estaría asociada a los conflictos interimperialistas de principios de siglo XX, es muy poco probable que nosotros logremos hacerlo con relación a los eventos del siglo XXI. Pero lo que sí podemos es, como él hizo, aferramos al conocimiento científico de la realidad social y a la grandeza del marxismo como concepción racional del mundo y de la práctica humana. La idea es que, en medio de cualquiera que sea la crisis mayor que se avecine, sin dogmatismos ni presunciones, seamos una voz que contribuya a una solución real y positiva de las contradicciones del paso del modo de producción capitalista al de los trabajadores libremente asociados. Estamos en una época de transición acelerada a algo nuevo. Pero no se trata de una transición abstracta de un “sistema-mundo” a otro “sistema-mundo”. De lo que se trata es de la transición del capitalismo —que hoy ha llegado a su forma más avanzada y final posible— al comunismo. Ésta es una verdad irrefutable, comprobablemente científicamente mediante el estudio concreto de las tendencias fundamentales y formales de la sociedad capitalista moderna. La violencia rampante de hoy en día es la violencia de un régimen social y económico que se resiste a dar su último suspiro. Nuestra tarea más inmediata es difundir esa idea entre las masas. Pero no lo podemos hacer, como dijera el Che, sin estudiar el marxismo, con la rigurosidad que esa doctrina merece.
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