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El problema de Haití no es el "olvido"
por José A. Laguarta Ramírez Tuesday, Jan. 19, 2010 at 11:29 AM
jalaguarta@gmail.com

El pasado 12 de enero, un terremoto de sobre siete puntos en la escala Richter sacudió el Caribe occidental, reduciendo a escombros la ciudad de Puerto Príncipe y causando decenas de miles de muertes. Desde entonces, los medios de comunicación puertorriqueños se han inundado de llamados a la solidaridad. En una especie de Mea Culpa colectivo, nos hemos acordado de acordarnos de nuestros menos afortunados hermanos caribeños. De la nada han brotado los centros de acopio, y no hay sindicato, comunidad, entidad pública, asociación profesional, iglesia o empresa multinacional que no haya contribuido al esfuerzo.

La solidaridad, cuando es genuina (y demás está decir que es un criterio drásticamente variable), es el valor humano más importante (tal vez el único realmente importante), y no hay razones para sospechar de la sinceridad de la amplia mayoría de las y los puertorriqueños que responden ante la tragedia ajena, por muy trilladas que sean a veces las frases que acompañan la invitación a la generosidad. Más preocupante, sin embargo, son los discursos cargados de paternalismo, no siempre inocente, que saturan el discurso público a la hora de diagnosticar las causas y recetar soluciones para países como Haití.

Desde el instante en que los esclavos de St. Domingue, entonces la colonia más próspera del mundo, se levantaran en armas, en 1791, las grandes potencias mundiales nunca han olvidado. En el transcurso de su historia como nación libre, la República de Haití ha sido “intervenida” por fuerzas extranjeras incontables veces. No se trata exactamente de una historia de desatención.

Durante trece años de guerra sangrienta, los futuros haitianos tuvieron que luchar contra no uno, sino tres ejércitos extranjeros, en adición a sus antiguos amos (que desde el comienzo les combatieron por su propia cuenta): las tropas francesas enviadas por Napoleón para restablecer la esclavitud (luego de que los propios revolucionarios franceses la hubieran abolido), y los británicos y españoles, que si bien se disputaban con los franceses el control de la isla, temían la influencia que pudiera tener una república negra libre sobre sus propias colonias esclavistas.

Los revolucionarios haitianos pagaron cara su victoria en 1804, precisamente por la grave amenaza que representaba su ejemplo libertario para las potencias mundiales. Los franceses exigieron, como reparación por la pérdida de sus esclavos y plantaciones azucareras, 50 millones de francos, una cantidad entonces varias veces superior al presupuesto nacional del recién nacido país. Los Estados Unidos no reconocieron la independencia de Haití, ni establecieron lazos comerciales con ella, hasta una vez abolida la esclavitud en su propio territorio, seis décadas más tarde.

Atrapados entre el chantaje y la estrangulación económica, los líderes haitianos continuaron pagando esta “deuda” hasta 1940. Los “intereses” históricos se siguen cobrando hasta el sol de hoy.

Este endeudamiento originario rápidamente se multiplicó e hizo crónico. En 1915, infantes de marina estadounidenses invadieron Haití y saquearon su Tesoro Nacional para cobrar lo que el gobierno haitiano le debía a ese país. En los 19 años que ocuparon y controlaron el país, dejaron 15,000 muertos y su único legado digno de recordar fue la creación del ejército que más adelante sería autor de innumerables y sangrientos golpes de estado.

En 1957, el Dr. Francois “Papa Doc” Duvalier tomó el poder. Como no provenía de la élite militar, creó su propia fuerza paramilitar – los temidos Tontons Makout – para contrarrestar el poder del ejército. Aun así, durante los 14 años de su reinado de terror, contó con el apoyo del gobierno estadounidense, por su dedicado compromiso con el exterminio físico de comunistas. Aún estaba Papa Doc vivo y en el poder cuando empezaron a establecerse en Haití las primeras “zonas francas” e industrias livianas estadounidenses.

Tras morir Papa Doc en 1971, su hijo Jean-Claude contó con apoyo aún más entusiasta del coloso norteño. Haití recibió una infusión de miles de millones de dólares para fabricar muñecas, pelotas de béisbol, ropa y chucherías diversas destinadas al mercado estadounidense. “Baby Doc” suprimió todo amague de organización popular o de los trabajadores con aún más furia que su padre. Sin sindicatos, impuestos, ni regulaciones laborales ni ambientales, Haití era el paraíso de los inversionistas. No obstante, estos sweatshops haitianos sólo lograron generar, en su mejor momento, unos 80,000 empleos en total, pagando salarios de hambre. Las ganancias salían volando del país, mientras el dinero invertido llenaba los bolsillos de las tres o cuatro familias dueñas de las fábricas.

A comienzos de la década de 1980, Haití captó la atención del Fondo Monetario Internacional (F.M.I.), recibiendo así su primer préstamo de “ajuste estructural”: miles de millones a cambio de promover la “eficiencia” desmantelando el ya débil sector público.

En 1986, el movimiento popular derrocó al odiado Baby Doc, que salió huyendo hacia un exilio dorado en parís, donde aún reside. Cuatro años después, tras dos golpes militares consecutivos y millares de muertos, Haití tuvo sus primeras elecciones democráticas, en las que resultó electo el padre Jean-Bertrand Aristide. No duró un año en el poder – el ejército, apoyado por la corrupta élite local y por sectores del aparato político-militar estadounidense, lo derrocó y exilió. Más de 5,000 de sus seguidores fueron asesinados en la “limpieza” subsiguiente.

En 1994, el gobierno de Bill Clinton, buscando poner fin a las oleadas de refugiados haitianos que llegaban a las costas de la Florida huyendo de la sangría, obtuvo el visto bueno de las Naciones Unidas (O.N.U.) para invadir Haití y reinstalar a Aristide, tras este acordar con el F.M.I. limitar aún más el tímido programa de reformas que había comenzado al ser electo. Aristide cumplió su término el año siguiente y entregó el poder pacíficamente a su sucesor, René Préval, según dispone la Constitución Haitiana. Al ser re-electo en el 2000, por un amplísimo margen, Aristide ya era un hombre marcado.

Aunque en esta ocasión, el programa de gobierno de Aristide fue aún menos ambicioso que el anterior, la élite local comenzó una absurda campaña de desprestigio desde el principio, acusándolo de fraude, corrupción y violencia al nivel de los Duvalier. A pesar de consistir de tergiversaciones y exageraciones que pueden ser desmentidas hasta por la investigación más superficial, la campaña hizo eco entre los medios de comunicación y “expertos” de toda índole.

En el 2004, tropas francesas y estadounidenses secuestraron a Aristide, so pretexto de una rebelión de antiguos soldados (el ejército había sido abolido por Aristide a su regreso al gobierno en 1995) y le enviaron a un nuevo exilio forzoso. El “gobierno interino” subsiguiente, encabezado por Gerard Latortue, masacró a más de 8,000 personas, a veces ante los ojos indiferentes de las tropas de la “misión de paz” de la O.N.U. (principalmente brasileñas), a veces con su abierta complicidad. No fue hasta el 2006, cuando el movimiento popular logró paralizar el fraude orquestado para impedir el triunfo de la candidatura de último minuto de Préval, por encima del candidato preferido por el F.M.I., que la situación logró estabilizarse un poco.

Aún desde el exilio, Aristide sigue siendo la figura política más popular en Haití, sobre todo entre los haitianos pobres. Su partido, Fanmi Lavalas, ha sido excluido de las próximas elecciones.

No se trata, pues, de un panorama de “desatención” ni “olvido” por parte de la “comunidad internacional”, sino de tal vez demasiada atención, de la mala. Al escribirse estas líneas, los “tanques de ideas” de la derecha estadounidense y los organismos financieros internacionales ya planifican la “reconstrucción” de Haití bajo los mismos términos en que la empresa Halliburton ha “reconstruido” Iraq – saqueando y drenando aún más a una sociedad que ha sido empujada hasta el límite por las atenciones desmedidas de los países poderosos. Es lo que Naomi Klein ha llamado “doctrina de shock” o “capitalismo del desastre”.

Lo peor son los “expertos” haitianos e internacionales – algunos miembros de la misma podrida élite haitiana que es directa y personalmente responsable del sufrimiento y miseria humana que arropa a Haití desde mucho antes del terremoto – que saturan nuestros medios de comunicación con teorías espúreas sobre cómo Haití es un “estado fallido” (como si los estados “fallaran” solos) o una sociedad sin “cultura de logros” (explicación racista mal disfrazada) – cultura que debe ser impuesta desde afuera, por supuesto, por los mismos países “civilizados” que la han desangrado por tanto tiempo.

En toda la dolorosa y amarga historia de Haití, la única “atención” extranjera que ha rendido frutos positivos han sido las misiones médicas cubanas y los proyectos cómo Partners in Health del doctor estadounidense Paul Farmer. Estas instancias de solidaridad genuina y desinteresada son ejemplo de lo que necesita el pueblo haitiano.

Si queremos también ser partícipes de una solidaridad genuina, y no la orgía de relaciones públicas y auto-satisfacción que impera en nuestros medios de comunicación, podemos dirigir nuestras donaciones directamente a iniciativas de grupos haitianos de base comunitaria de compromiso comprobado, como el Haiti Emergency Relief Fund, o el propio Partners in Health.

Bibliografía Mínima

Dupuy, Alex. 2007. The Prophet and Power: Jean-Bertrand Aristide, the International Community, and Haiti. Lanham: Rowman & Littlefield.Dupuy, Alex. 2007.

Farmer, Paul. 2006 [1994]. The Uses of Haiti. Monroe: Common Courage Press.

Fatton, Robert. 2002. Haiti’s Predatory Republic: The Unending Transition to Democracy. Boulder: Lynn Rienner.

Goff, Stan. 2000. Hideous Dream: A Soldier’s Memoir of the U.S. Invasion of Haiti. New York: Soft Skull Press.

Hallward, Peter. 2007. Damming the Flood: Haiti, Aristide, and the Politics of Containment. London: Verso.

James, C. L. R. 1989 [1963]. The Black Jacobins: Toussaint L’Overture and the San Domingo Revolution. New York: Vintage Books.

Robinson, William I. 1996. Promoting Polyarchy: Globalization, US Intervention, and Hegemony. Cambridge: Cambridge University Press.

Trouillot, Michel-Rolph. 1990. Haiti, State against Nation: The Origin and Legacy of Duvalierism. New York: Monthly Review Press.

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