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Las erres de El Zorro
por Rafael Rodríguez Cruz Thursday, May. 24, 2007 at 7:56 AM
rguayama@aol.com

Ideología y medios

Las erres de El Zorro


Por Rafael Rodríguez Cruz




El Zorro anda en estos días tan popular como la gasolina. No se trata solamente de las dos películas de Antonio Banderas; ahora, hay una telenovela y un libro de la escritora Isabel Allende. Penguin Classics, en Estados Unidos, acaba de publicar una nueva edición de La marca de El Zorro, con una introducción que valora las supuestas aportaciones de la leyenda a la cultura mundial. Varios profesores de universidades en Estados Unidos le confieren status de disciplina académica. Pero, ¿quién es en realidad El Zorro? La respuesta no es tan obvia como parece. Tras el rostro de Don Diego de la Vega se esconde algo mucho más siniestro que un simple enmascarado vestido de negro. El Zorro, como veremos en este artículo, es la historia de un casorio de conveniencia entre la literatura comercial estadounidense y el negocio de fabricación de ideología racista para el mercado de entretenimiento. Tan efectiva ha resultado esta empresa perversa del capital, que hasta muchos hispanos gustan de la historieta y no faltan quienes ayuden a diseminarla.

El estreno

Todo comenzó en 1919 en los “siempre placenteros” suburbios de Los Ángeles, California. Johnston McCulley trabajaba entonces de periodista y relacionista público del ejército de Estados Unidos. Antes había sido reportero de eventos policíacos. En 1919 decide sumarse a la fiebre de revistas de historias de acción y aventuras que inundaba comercialmente la cultura popular estadounidense. El modelo a seguir entonces era Edgard Rice Burroughs, con su fantasía racista de Tarzán de los monos. Era la época de gloria de las famosas revistas pulpas, bautizadas así porque se imprimían en papel residual de baja calidad y podían venderse a bajos precios. Por este medio fue que Buffalo Bill y muchos vaqueros se hicieron famosos. La primera historieta de Tarzán sale en 1913, inundando enseguida el mercado. Todas las semanas, el público lector estadounidense formaba largas filas frente a los estantes de periódicos y revistas esperando a que All-Story Weekly –la más conocida de las publicaciones pulpa- saliera a la calle. McCulley escribía muy bien, pero hasta entonces era un desconocido apologista de las operaciones militares de Estados Unidos en la frontera con México. En 1919, All-Story accede a publicarle treinta y nueve capítulos de una serie titulada La maldición de Capistrano. El éxito fue inmediato. McCulley narraba en sus episodios semanales las hazañas de El Zorro, un héroe enmascarado que se dedicaba a combatir la corrupción política en la ciudad de Los Ángeles supuestamente durante la segunda mitad del siglo XIX.

Ahora bien, el tema de la corrupción política dominaba la prensa de Los Ángeles en 1919 no por lo que había pasado en 1820, sino por la revelación del traqueteo ligado a la construcción del acueducto de la ciudad. Harrison Gray Otis, fundador de Los Ángeles Times, había conspirado en 1905 con funcionarios de la ciudad –incluyendo un ex alcalde de nombre Fred Eden - para facilitar que este último se apropiara secretamente de unos 200,000 acres de tierra en el Valle Owens, única fuente posible de agua potable para toda la región. En 1913, la administración municipal y los editores de Los Ángeles Times crean un clima de histeria en torno a la urgencia de un sistema de acueducto. Para añadirle credibilidad, desvían las reservas de agua hacia los alcantarillados y reducen la cantidad disponible para consumo humano. Sedientos y faltos de agua para sus casas, los residentes de la ciudad de Los Ángeles aprueban a la carrera, en referéndum, la emisión de $22 millones en bonos municipales. Una buena parte del dinero termina en las manos del ex alcalde Eden, que revende los terrenos al gobierno municipal. Gray Otis y su yerno, Harry Chandler, se benefician extraordinariamente, pues ya desde 1903 habían comprado a precios bajos extensas propiedades agrícolas en la periferia norte de la ciudad, en el Valle San Fernando. Con el acueducto, podrían ahora urbanizarse estos terrenos y revenderse a montos elevados. McCulley se dio cuenta de que había un gran mercado para una historieta sobre la corrupción política en Los Ángeles, pero la ubica antes de la llegada de los anglosajones, en los tiempos de la dominación española. Mata así dos pájaros de un tiro: habla del tema de la corrupción y le hecha la culpa a los que no la tienen.

Hollywood y El Zorro

En la versión original de La maldición de Capistrano todo el mundo se entera de que Don Diego de la Vega y El Zorro son la misma persona. Los políticos corruptos se reforman y el héroe enmascarado anuncia entonces que su presencia no hace falta. Se casa y se dedica a tener hijos con su novia, Lolita Pulido. McCulley, pues, no contemplaba que la serie continuara más allá de sus treinta y nueve capítulos originales - que, dicho sea de paso, están muy bien escritos. Pero en 1919 Los Ángeles no era sólo el escenario de la corrupción política alrededor del abastecimiento de agua y de la avaricia de los desarrolladores; también estaba el cine. Entre 1915 y 1919 -luego de una terrible pelea con Tomás Alva Edison en Nueva York- llegan a Los Ángeles personalidades como Thomas Harper Ince, Cecil B. De Mille y Mark Sennett. Vienen con el propósito de establecer estudios cinematográficos independientes, pues en la costa noreste de Estados Unidos el inventor de la bombilla tenía un monopolio virtual sobre todo lo que pudiera filmarse. A Harper, De Mille y Sennett no les gusta la ciudad de Los Ángeles y se establecen en las afueras; o sea en Hollywood. Para esos días llegan también a la región los actores Charles Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanks; quienes junto a W.D, Griffith, forman eventualmente la United Artists.

Douglas Fairbanks era entonces el actor más famoso de películas de aventuras, pues, además de ser un gran atleta y acróbata, dominada la esgrima como pocos. Verlo en acción, aun en el cine mudo, no es poca cosa. Fairbanks era ágil, cómico y fantástico en sus piruetas. En 1919 se va de luna de miel a Europa y en el trayecto lee La maldición de Capistrano. Decide llevar la historieta a la pantalla y se busca de director a Fred Niblo. Basta con mencionar que Niblo llegaría eventualmente a dirigir a Rodolfo Valentino en Sangre y Arena (1921), a Greta Garbo en Tentadora (1926) y a Norma Talmadge en Camille (1926). Tuvo también la distinción en 1925 de dirigir Ben Hur, una de las películas mudas más costosas de todos los tiempos y una verdadera obra de arte cinematográfica. Pues bien, el 4 de diciembre de 1920 se estrenó en los cines de Estados Unidos la obra de McCulley, pero ahora bajo el nombre de La marca de El Zorro. El éxito fue monumental, lo que hizo de Fairbanks una verdadera estrella de acción y aventura durante toda la década de los veinte. De todas las producciones cinematográficas de El Zorro, la suya es la más fiel a la versión impresa en 1919 de La maldición de Capistrano. Se trata de una película bien hecha: entretiene mucho por las piruetas de Fairbanks, pero es innegablemente racista. Los eventos pasan en 1820 o algo así. Los malos de la película son los soldados españoles, en particular el capitán Ramón, responsable del presidio del Pueblo de la Reina de los Ángeles. Éste se encarga de implementar la política corrupta del gobernador, consistente en apropiarse de las tierras de los caballeros y de las grandes familias terratenientes de ascendencia española; o sea, de los que MCulley define como gente de buena sangre. Para ello, cuenta con la ayuda del sargento González y sus tropas. Tanto el capitán Ramón como las tropas de González son hispanos blancos, generalmente gordos, borrachones y abusivos. Es decir, poseen todas las características que el racismo atribuye a los hispanos en Estados Unidos. Los caballeros, por su parte, son gente fina y de apariencia atractiva, aunque moralmente flojos. No les interesa más que el vino y la vida fácil. Los únicos que trabajan son los peones empleados en las misiones de los frailes franciscanos. Estos últimos representan el espíritu empresarial que le falta a los caballeros. Finalmente, están los nativos del pueblo o, como dice McCulley, la gente color bronce. Tanto en la novela como en la película, los presentan como “indios” y mestizos harapientos, carentes de expresiones faciales y sin norte en la vida. No se motivan, según la narración, por otra cosa que no sea la bebida y los espectáculos abusivos de los soldados. McCulley llega a llamarlos chusma y ratas. Fairbanks no llega tan lejos, pero describe a Bernardo, el sirviente de Don Diego, como el mejor tipo de nativo: mudo y tonto. Una de las principales víctimas de la corrupción política y de las arbitrariedades del gobernador es Don Carlos Pulido, papá de la novia de El Zorro: Lolita Pulido. Protagonizada en la película por Marguerite De La Motte, Lolita no quiere otra cosa que no sea encontrar un buen partido de sangre noble para casarse. El capitán Ramón y El Zorro se enamoran de ella. El primero trata de imponerse sexualmente a la fuerza, y Lolita es rescatada por el héroe enmascarado. Pero Ramón no se queda contento y decide conspirar para que encarcelen a Don Carlos Pulido y a su familia. El gobernador, individualista como todos los españoles -según McCulley- quiere quedarse con las tierras de los Pulido. Los caballeros se entretienen con vinos y aventuras personales, pues adolecen de moral social. Pero El Zorro los coge borrachos y los regaña, haciéndoles cobrar conciencia del valor de la sangre de las familias ricas de Los Ángeles. Se crea así una alianza de los caballeros de sangre buena en contra de la corrupción política. El Zorro mata al capitán Ramón, y los caballeros convencen al gobernador de perdonar al enmascarado. Éste se quita la máscara y todo el mundo celebra el triunfo de la justicia. Don Diego, que hasta ahora había fingido ser un flojo y un cobarde, resulta ser La maldición de Capistrano. Anuncia entonces que es hora de casarse y tener hijos.

Ante el éxito taquillero en 1920 de La marca de El Zorro, McCulley decide seguir escribiendo la serie semanal. Le cubre de nuevo la cara de nuevo a Don Diego, y reinicia la narración como si este último nunca se hubiera desenmascarado. De ese esfuerzo, emergen tres novelas: La espada de El Zorro (1928), El Zorro cabalga de Nuevo (1931) y La señal de El Zorro (1941). Mientras, en 1925 sale la película Don Q, el hijo del Zorro, protagonizada también por Douglas Faibanks, pero inspirada en la novela La historia de amor de Don Q, de Kate y Hesketh Pritchard. Como Fairbanks se estaba poniendo viejo para ser un Zorro creíble, le añaden un hijo. Además, el actor estaba en demanda para otros papeles de aventura con personajes igualmente estereotipados: El pirata negro (1926), El gaucho (1927), La máscara de hierro (1929), La fierecilla domada (1929) y La vida privada de Don Juan (1934). Las dos únicas películas buenas que se producen en esa década basadas en la obra de McCulley, son: El Zorro vuelve a cabalgar (1937), dirigida por William Witney; y La legión del Zorro (1939), un serial dirigido por John English. La producción cinematográfica en torno a El Zorro, parecía haber llegado a su fin. Pero entonces llega Batman y rescata la historia.

Inspirándose en el personaje enmascarado de McCulley, dos dibujantes, Bob Kane y Hill Finger, publican en 1939 El extraño caso del sindicato químico. Se divulga en mayo, en el número 27 de la revista Detective Comics. En la historia, Bruce Wayne recuerda el asesinato de sus padres frente a un teatro de Ciudad Gótica, la noche del estreno de La marca de El Zorro. Hollywood aprovecha el endoso y busca a Rouben Mamoulian para que dirija una nueva versión de La marca de El Zorro.

Mamoulian, al igual que Niblo, no era un director cualquiera. Nace en Tiflis, Georgia, en 1897, pero se cría en Francia. Luego viaja a Moscú a estudiar cine. En 1922 llega a Broadway para trabajar en musicales, después de una breve estancia en Londres. En 1929 hace Aplauso, una de las primeras películas sonoras del siglo XX. Mamoulian encontró entonces una manera ingeniosa de enmudecer el sonido de la cámara para que éste no se entremetiera en el diálogo de los actores. Con una técnica muy impresionista y detallada, se convirtió en un verdadero exponente del cine del terror, al dirigir en 1931 Dr. Jekyll and Dr. Hyde. Lo que hacía falta ahora era un actor de la agilidad física y técnica de esgrima comparable a la de Douglas Fairbanks. Ese actor era Tyrone Power. Este último venía actuando en películas de Hollywood desde 1936. A finales de 1939 obtiene un éxito taquillero enorme en la película Jesse James. Pero es su actuación en La marca de El Zorro en 1940 lo que lo lanza al verdadero estrellato. Power resultaba perfecto para el papel. Era mucho más joven y mejor parecido que Fairbanks. Además, sus destrezas como espadachín hay que admirarlas. La escena del enfrentamiento final entre el capitán Esteban Pascual (Basil Rathbone) y Tyrone Power se considera como de las mejores. Usaron espadas verdaderas y, por tanto, tuvieron que ser muy meticulosos con la coreografía.

De todas las películas de El Zorro, la de Tyrone Power es probablemente la mejor. Además de la actuación de Power, hay que admitir que Mamoulian hizo un trabajo genial con la cámara. Cada escena parece una foto artística y cuidadosamente tomada, con la mezcla exacta de luz y sombra. Todo, absolutamente todo está dispuesto de manera perfecta, desde los patios exteriores hasta el interior de las casas. La música es muy superior a la de 1920 y tiene ritmos mexicanos. Fue nominada para varios premios. Siguiendo la norma, Mamoulian no altera mucho el esquema social y étnico desarrollado por McCulley. Cierto es que elimina a Bernardo de toda la historia y le da un cierto grado de expresión facial a los nativos. Pero estos últimos, por ejemplo, aparecen casi siempre durmiendo la siesta con un sombrero en la cabeza. Nada les perturba el sueño, ni siquiera la llegada al pueblo de los soldados. Algunos aparecen durmiendo la siesta en los puestos de frutas; otros, sentados en los caballos. Y, para que no falte, hay un mexicano durmiendo la siesta mientras permanece de pie en el medio de la calle. Los llamados nativos carecen de ideas y motivaciones humanas, que no sean el sonreír en agradecimiento por los favores de Don Diego. Sólo los caballeros de sangre noble poseen inquietudes morales y pensamientos de cambio político. Al final -de nuevo- El Zorro mata al capitán y convence al alcalde de los Ángeles, Luis Quintero, para que cese la persecución de los Pulido y el abuso sobre los frailes. El proyecto político de El Zorro tiene como base social exclusivamente a los caballeros y las familias ricas. En la escena final de la película, éste declara que Los Ángeles es el mejor lugar del mundo para criar hijos, sembrar uvas y ponerse gordo; algo que siempre se ha interpretado como publicidad gratuita para los desarrollistas y vendedores de bienes raíces de California en la época.

Walt Disney/ABC

El Zorro que recuerda mi generación, sin embargo, es el de Disney. En 1950 Johnston McCulley contrata a un agente de Hollywood -llamado Mitchell Gertz- para que éste se encargue de todo lo relacionado con las películas de El Zorro. Walt Disney, por su parte, había tenido mucho éxito en la televisión con David Crokett, pero necesitaba fondos adicionales para su proyectado parque de diversiones en California. Es entonces que se le ocurre la idea de crear una serie televisada de El Zorro y, así, animar a la compañía ABC a invertir grandes sumas en Disneylandia. Gertz le concede una licencia a Disney. El primer episodio de media hora se presenta en ABC en 1957. En los próximos dos años, se producirían setenta y ocho episodios de media hora cada uno, que darían base a uno de los negocios de publicidad comercial más exitosos de toda la historia de la televisión. Hay que recordar que a fines de la década del cincuenta del siglo XX, ocurre una migración masiva de población anglosajona desde el noreste hacia el sur y oeste de Estados Unidos. ABC y las grandes compañías de bienes raíces tenían mucho interés en proyectar a California como un lugar ideal para la clase media.

Disney selecciona a un italiano de rasgos faciales suaves para que haga el papel de Don Diego. Su nombre real era Armando Catalano, pero como muchos otros actores en la época, se cambió el nombre para que sonara anglo. Es así que vino a llamarse Guy Williams y pasó de hacer papeles como Bonzo va al colegio y El adolescente hombre-lobo a personificar El Zorro. Aunque tanto Fairbanks como Power tenían el pelo oscuro, Williams se acercaba más al estereotipo del hispano blanco aceptable al pensamiento racista. Su tez era blanca; su nariz perfilada; y media seis pies y tres pulgadas. Además cuando se trataba de jugar con prejuicios raciales y políticos, Disney era un verdadero zorro. En la serie de 1957-1959, todos los miembros de la clase aristocrática hablan muy bien el inglés; no así los mexicanos de tez oscura. Don Diego es un hispano impoluto, de apariencia y acento aceptables a la televisión estadounidense. Además, El Zorro de Disney no lucha en contra de la corrupción política, sino por el mantenimiento de la ley y el orden. En fin, el Don Diego de ABC es un hispano completamente asimilado a la vida de la clase media norteamericana, un vecino de cualquier suburbio, sea en California o en las urbanizaciones de recién creación en Puerto Rico. Disney le cambia el apellido, de su versión original Vega, a de la Vega.

Enrique Laguerre, en su novela Cauce sin río, describe mejor que nadie el sentido de impotencia y complejo de inferioridad de la moderna clase media profesional puertorriqueña. Pues bien, es también para ésta –y para todos los asimilados de América Latina- que Disney elabora su personaje de Don Diego: un hispano de tez blanca, inglés bien pronunciado y respeto a la ley y al orden imperial. Por fin pueden mirarse higienizados en la televisión; o sea, carentes de negrura y de rasgos aborígenes. Todos los personajes del programa –incluyendo Bernardo y el sargento García- poseen los rasgos del hispano blanco; o sea, de los que en mi patria se autodenominan puertorriqueños de ascendencia europea. Disney conocía tan a fondo la dinámica racial y étnica de Estados Unidos que hasta el caballo de El Zorro tenía dos nombres: Toronado en la televisión y Diamond Decorator en la vida real.

Además, los intereses publicitarios se encargaron de sellar el pacto entre ABC y Disney, en lo que toca a la promoción de la fantasía racista de McCulley. Dos compañías grandes, Seven-Up y General Motors, serían los patrocinadores; una semana uno y la otra semana el otro. Ya no se trataba de la mera promoción del parque de diversiones de Disney o de la venta de bienes raíces en California, sino de utilizar la historia de El Zorro como punta de lanza para la penetración agresiva de los mercados de consumidores en lugares como Puerto Rico y América Latina. McCulley, quien durante la primera guerra mundial trabajó de relacionista público del ejército de Estados Unidos, vería ahora su obra convertida en instrumento de las relaciones públicas del imperialismo y de los monopolios fuera y dentro de ese país. El mundo de veras que da vueltas. El periodismo, la literatura y la publicidad entregados al servicio del capital. Pocas empresas han sido tan perniciosas para la cultura autóctona de los pueblos de América Latina como la combinación de ABC y Disney. En Puerto Rico, la penetración sistemática de los grandes monopolios modernos coincide con la difusión del uso del televisor y de las historias de Disney a fines de la década de los sesenta del siglo XX; cuando la serie de El Zorro se exporta afanosamente a todos los países de América Latina.

Ideología y poder

La escritora chilena Isabel Allende, quien ha sido contratada por la corporación Gertz para revivir la historia, sostiene que la magia de El Zorro radica en el nombre: “Zorro es siempre Zorro; en ninguna parte se traduce su nombre.” Quizás sea cierto, aunque -en honor a la verdad- Batman es Batman en casi todos lados. Sea como sea, el comentario llama la atención. ¿Qué es lo peculiar del nombre de El Zorro? ¿En qué letra o sílaba se esconde el misticismo? Disney, recordemos, transformó la historia en un verdadero fenómeno mercantil. Al menos ochenta y ocho tipos de juguetes alusivos a El Zorro salieron al mercado entre 1957 y 1959. La música de la serie, creada por Norman Foster y George Bruns, llegó enseguida a la lista de las veinte melodías preferidas del público estadounidense: “Este atrevido renegado/ marca una zeta con su espada/ una zeta que quiere decir Zorro.” Más de un millón de copias de la grabación se vendieron en un sólo año. Pero, ¿cómo explicar que toda esta fascinación con El Zorro coincida con un período de intensa persecución policiaca de la población hispana, particularmente en Los Ángeles? De hecho, la primera versión de La maldición de Capistrano sale a la luz pública en 1919, en una época de mucho racismo y de maltrato de las personas de ascendencia mexicana en toda California. Ya desde 1912, se había militarizado la frontera para prevenir que éstas entraran. ¿Y qué decir del año 1940, cuando sale la película de Power? ¿Apreciaban ahora a los hispanos en California? Todo lo contrario. Desde la década de los treinta el gobierno estatal de California comienza a expulsar a todos los que puede. Doscientas cincuenta mil personas de ascendencia mexicana, una buena parte indocumentadas, viven en Los Ángeles cuando Tyrone Power interpreta a Don Diego. Poco después, el periódico Los Ángeles Times comienza una campaña de descrédito de las comunidades pobres de ascendencia mexicana en Los Ángeles, acusándolas de ser nidos de gangas y pandilleros. Y ni hablar de los años 1957-1959, marcados por el abuso policiaco en contra de la minorías hispanas en todas las grandes ciudades de Estados Unidos, incluyendo los boricuas.

¿Cómo es posible, entonces, que la magia de El Zorro, cuya zeta ha inspirado tantas canciones y fortunas, no haya servido nunca para garantizar un clima de aceptación y respeto por las minorías hispanas en Estados Unidos, ni siquiera en ciudades como Los Ángeles? Paranoias aparte, ¿acaso no es curioso que las películas de Antonio Banderas y el libro de Isabel Allende aparezcan ahora, cuando el tema de los emigrantes mexicanos está de nuevo en la agenda? Dicen que la gente deja ver sus secretos más perniciosos no en las cosas grandes, sino en los detalles. En La maldición de Capistrano, McCulley nunca habla de El Zorro, sino del señor Zorro como queriendo afirmar doblemente su raíz no anglosajona. Es la erre, no la zeta, la que lleva la carga sonora del nombre. Lo mismo hace Tyrone Powers en 1940: todos los personajes importantes hablan bien el inglés, salvo que se trate de mencionar a El Zorro. No lo llaman zourou, sino El Zorro. De nuevo, el énfasis en la erre, el sonido del español que más dificultad brinda a los angloparlantes. El malo es el capitán Ramón, al cual le atribuyen todos los defectos raciales de los hispanos: borracho, abusivo y falto de honestidad. Don Diego fluye suavemente hasta en el inglés y su conducta es la que se adscribe estereotipadamente al anglosajón y al hispano políticamente dócil. Ya lo dijo el gran periodista estadounidense John Reed: el dominio del capital va acompañado siempre de un “astutamente calculado rebajamiento mental” de las minorías oprimidas. [Ver: What about México? Masses, June 1914].

No es fácil la tarea de aclarar el modo en que opera la manipulación ideológica en una sociedad tan cargada de racismo como Estados Unidos. Los halagos casi siempre vienen cargados de veneno. California, recordemos, era parte de México para la época en que McCulley ubica los hechos ficticios de la historia de El Zorro. Poco después, en la década de los cuarenta del siglo XIX, se da el desplazamiento violento de los pobladores originarios por las hordas de emigrantes anglosajones. No faltaron los linchamientos. Considerando además el contexto histórico de 1919 –los tiempos de la Revolución mexicana-, es poco probable que McCulley desarrollara sus escritos buscando superar los prejuicios y estereotipos raciales que imperaban en contra de los hispanos en Estados Unidos. La primera versión de La marca de El zorro, aparece pocos meses después del asesinato de Zapata. El interés de McCulley, como el de algunos periodistas de su tiempo, era lucrarse personalmente con una fantasía racista sobre los grupos de origen mexicano; entelequia comparable a la que ocurre con Uncle Tom y los negros. El Zorro de McCulley sonará hispano con sus erres, pero no lo es. Nada tiene que ver con nuestra cultura o visión de mundo. Sus erres son de racismo y rechazo, no de respeto y de reconocimiento. Cabe pensar aquí en las palabras de Martín Fierro cuando, al hablar de los falsos halagos de los ricos y poderosos, nos dice: “En su ley está el de arriba si hace lo que le aproveche: de sus favores sospeche hasta el mesmo que lo nombra: siempre es dañosa la sombra del árbol que tiene leche.” (José Hernández, Martín Fierro, 4845).



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La Z y las Erres de El Zorro, Señor del Carnaval J. de la Vega y El Zorro Saturday, Jan. 26, 2008 at 10:43 PM
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