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Culturas: La Noche que vino el Diablo
por Rafael Rodriguez Cruz Thursday, Nov. 25, 2004 at 12:42 AM
rguayama@aol.com 413-222-4773 999 Asylum Ave, Hartford, CT 06105

No solo de análisis político se alimenta el espíritu revolucionario. Hay que reírse de vez en cuando.

LA NOCHE QUE VINO EL DIABLO

A Teresa, que bien se merece este y muchos otros cuentos.

Mi abuela, Eugenia Colón Cruz, tendría apenas seis años de edad la noche que el diablo se apareció en el Pueblito del Carmen de Guayama, recién empezado el siglo XX. Alguna gente dice que la culpa la tuvo un vecino cascarrabias del lugar que le había ofrecido el alma al diablo a cambio de que le ayudara a entrar las vacas en el cercado en medio de una ráfaga de aguaceros. Otra gente dice que no era tanto Lucifer el que andaba suelto, como el espíritu sin descanso de un capataz de la mina de oro del Pueblito del Carmen, asesinado en medio de un robo, y cuyo cuerpo fue cercenado en pedazos encima de un hormiguero bravo para asegurarse de que sufrieran por igual todas y cada una de sus partes.

Para la gente del Pueblito ya no era novedad despertarse a media noche con el ruido de la pala y el pico del difunto excavando desesperadamente en la mina, alumbrado siempre por luces tenebrosas. Sea como sea, decía mi abuela, esa noche el diablo se empeñó en arrastrar cadenas en los techos de las casas humildes del lugar, mientras se tambaleaba como maromero de circo con sus pezuñas de chivo encabronado.

Mi bisabuelo, Papita Pancho, y otros vecinos del Pueblito del Carmen se fueron a caballo a la Santa Montaña, al otro lado de la cordillera, a buscar a una Virgen que según la gente aparecía a menudo en ese lugar remoto y escabroso. Se llevaron un saco lleno de limones y un garrafón de leche, que eran los únicos alimentos que la Virgen consumía, y en una hamaca improvisada trajeron la Virgen desde la Santa Montaña hasta un lugar cercano a la mina de oro, en los terrenos de uno de los terrateniente más grandes del Pueblito del Carmen, Don Francisco Navarro Colón. El viaje fue tan largo y tan difícil que la Virgen terminó chupándose el saco entero de limones y hubo que alimentarla con mandarinas y naranjas agrias. Toda la noche, la gente estuvo rezando en distintos lugares del poblado del Carmen esperando la llegada de la Virgen, en un ambiente tan oscuro como los túneles de la mina de oro que explotaban los norteamericanos desde cerca de 1903 en ese sitio. Al final, el diablo se dio por vencido y se marchó para siempre, no sin antes maldecir a toda voz la tenacidad y religiosidad de los habitantes del Pueblito. Mi abuela, una niña aún, juró esa noche que su primera hija se llamaría Carmen, en homenaje a la Virgen.

Recuerdo que en ocasiones me llevaron de niño a visitar familiares en el Pueblito del Carmen, donde nació mi madre. No sería hasta años después, sin embargo, que visitaría la mina de oro, acompañado de una clase de geografía de la Universidad de Puerto Rico. Al pararme en la entrada quedé petrificado por el silencio y la oscuridad perfecta que salía de la mina. Además, olía un poco a ultratumba. Según el Doctor Antonio Orona, oriundo del Pueblito del Carmen, el túnel de la mina se extiende por más de 200 pies y pico. Yo sabía algo del lugar por los cuentos de mi abuela y especialmente porque la gente de Guamaní, al otro lado de la Cordillera, frecuentaba el área para cazar cerdos salvajes, cuyos colmillos podían descuartizar hasta los perros más valientes. Al final no di más de cuatro pasos en la mina, y me quedé esperando el grupo afuera, feliz de no caminar voluntariamente a un posible entierro.

Cuán productiva era la mina de oro del Pueblito del Carmen es cosa que aún no tengo en claro. Supuestamente la explotaba una compañía norteamericana y estuvo funcionando desde principios de siglo XX hasta casi llegada la década de los veinte. El capataz asesinado guardaba en una lata vieja de manteca el monto de la nómina semanal, que se pagaba no en papel dinero sino en monedas de oro puro. Con el pasar del tiempo, sin embargo, la mina quedó abandonada, sirviendo a menudo de refugio a los puercos salvajes, cuando no se daba la aparición súbita del minero descuartizado que espantaba animales y humanos por igual. El doctor Antonio Orona se crió precisamente en la finca en que está la mina. De niño, él solía jugar en el hueco grande de la mina, en un sector conocido como el Palo. Según me cuenta, en ella había artefactos taínos, cosas dibujadas en las paredes, y estatuillas de oro. Hoy vive en Estados Unidos y prepara un libro sobre su pueblito amado.

Quizás lo más asombroso del asunto es lo poco que se hablaba del tema de la mina en mi pueblo y en las escuelas. No recuerdo, por ejemplo, ni tan siquiera un texto escolar que mencionara la historia de la minería de oro en Guayama. De lo que se hablaba a veces era de la calcopirita que abundaba en las quebradas y los ríos de la cordillera cercana. Pero nadie la veía como una señal de riqueza mineral, pasada o presente. La llamaban el oro de los bobos, precisamente para puntualizar lo pobrecitos que éramos y la burla del destino de darnos en abundancia lo que no servía para nada. Daba lo mismo entonces un saco de bellotas y peronías que una lata llena de calcopirita. El coloniaje no era pues un fenómeno histórico sino un ensañamiento de la naturaleza. La calcopirita venía como anillo al dedo a un pueblo que se moría ideológicamente de hacer nada.

Es una tragedia inmensa crecer cerca de un lugar tan fantástico como el Pueblito del Carmen y apenas enterarse de que existe, perdiéndose uno así de toda la riqueza de su historia. Digo esto para la gente de mi pueblo, y culpo en parte a los que construyeron la carretera de Guayama a Cayey, pues localizaron la entrada del Pueblito precisamente en una de las curvas más peligrosas. El que se descuida se mata, y el que presta atención al embreado se pierde inexorablemente el rótulo que anuncia el camino al poblado.

No he tenido tiempo de averiguar el origen del nombre Pueblito del Carmen. Siempre me intrigó, sin embargo, que lo que para la gente de la ciudad era un campo, para los habitantes del lugar era un pueblo. Lo cierto es que el Pueblito del Carmen era un microcosmos de Guayama. No bien lograron espantar a Satanás de sus techos, los vecinos de la comunidad vieron pasar sus tierras rápidamente a manos de la misma gente que eran dueños de las grandes centrales y fincas de la costa: los Cautiño, los Rovira, los Pomales, en fin, las familias adineradas de mi pueblo. Genarín, el viejo, amigo fiel del portentoso gobernador Muñoz Marín, controlaba todo lo que pasaba en Guayama pero era a la vez un personaje invisible. La mansión del pueblo, hoy convertida en museo, tiene una muralla alta de cemento que priva al transeúnte de enterarse de lo que pasa adentro. La gente pobre acostumbraba caminar por el lugar dando brinquitos casi imperceptibles con la esperanza de agarrar a Don Genaro persiguiendo las sirvientas. Igual ocurre con la casa de veraneo de los Cautiño, cercana a la entrada del Pueblito. El borde de la cuesta grande de la Sierra es una muralla de tierra, matas y cemento que niegan a quien pasa la posibilidad de enterarse de lo que ocurre en la casa. El Genarín que conoció el doctor Orona en su infancia, no es en nada distinto al que se paseaba en las colonias de la Central Machete: una fuerza imponente, pero oculta para todo el mundo tras los rostros visibles y recios de sus mayordomos y capataces.

Nunca se sabrá a ciencia cierta si fue el diablo o el espíritu del minero cercenado en pedazos, el que visitó esa noche el Pueblito del Carmen. Guayama y sus alrededores siempre han codificado los conflictos sociales en términos que mistifican lo sensorial inmediato, cualidad propia de las almas caribeñas. El Gran Ciempiés de que habla Palés Matos en sus relatos de la ceremonia del Baquiné en Guayama , se remonta quizás a la influencia haitiana y de las antillas francesas en la cultura de nuestro pueblo. Lo que comenzó como el Grand Saint Père ( Gran Padre Santo ) terminó deformado en el nombre de un animal ponzoñoso, para designar precisamente la figura sacerdotal de los ritos del vuduismo y del culto negroide a los muertos.

Escribo esto como he hecho con otras historias de mi pueblo. Creo que los verdaderos textos de nuestra historia, están aún por escribirse. La historiografía académica y la erudición falsa se rehúsan a desprenderse del modelo europeo y anglosajón como parámetro de lo que es racional, normal o correcto. La verdad nuestra, pienso yo, debe ser aquella que refleje lo que somos, incluyendo las expresiones mágicas, místicas y religiosas propias. Me parece fascinante, por ejemplo, que a pesar de su pequeñez, Puerto Rico es un conglomerado de comunidades y culturas muy diversas, y lo que es pan de cada día en la costa negroide no se puede mecánicamente trasponer a la montaña. Guayama mismo es un ejemplo, pues quien viaje del Puerto de Jobos a Carite se encuentra en el camino con tres o cuatro culturas distintas, no fundidas unas con otras sino ensambladas tan solo a medias.

Lo estandarizado como fundamento de unidad nacional es un concepto ajeno a nuestra esencia y espiritualidad de pueblo caribeño, funcionará quizás en Estados Unidos o en Europa, pero entre nuestra gente nos ha traído bastante pena y un fuerte sentido de fracaso colectivo. Aprendamos pues ante todo de nuestra propia historia. Un pueblo que logró derrotar en duelo al diablo, puede remontarse fácilmente a la gloria eterna de las naciones libres.

* Agradezco al Doctor Antonio Orona el que compartiera conmigo datos importantes de la historia del Pueblito del Carmen, que son fuente de su libro inédito.

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